Las palabras de mi hijo resonaron en el salón como un eco. Don Carlos había enmudecido, y los invitados, antes tan altivos, ahora miraban al suelo. Mi hijo me tenía cogida de la mano, y yo sentía que por fin podía respirar. Pero no todo había terminado. Mi hijo, con el expediente aún en la mano, se volvió hacia mí y me preguntó en voz baja:
—Mamá, ¿qué hacemos ahora?
Don Carlos, recuperando algo de su arrogancia, dijo:
—Podemos llegar a un acuerdo. Todo esto se puede olvidar. Os doy una casa, dinero, lo que queráis.
Mi hijo me miró a los ojos. Yo sabía que la decisión era suya. Él había sido el valiente, el que había desenterrado la verdad. Ahora debía elegir cómo finalizar esta historia. ¿Nos iríamos sin más, con la cabeza alta, o se quedaría para decirle a Don Carlos todo lo que merecía oír? El silencio se alargó, y todos esperaban su respuesta.
—No necesitamos nada de ti —dijo mi hijo finalmente, y luego me miró a mí—. Mamá, tú decides.
Pero yo sabía que la decisión ya estaba tomada en su corazón. Solo necesitaba un empujón. En ese instante, el aire se cargó de expectación. ¿Qué haríamos? ¿Marcharnos ahora o quedarnos para dar la última palabra?